supuesto, incluyeron objetos de oro y plata, pero también hubo artículos de costosos diamantes.
¿Qué derecho tenía yo a aceptar todos estos regalos? Al aceptarlos, ¿cómo podía persuadirme de que estaba sirviendo a la comunidad sin remuneración? Todos los obsequios, a excepción de unos pocos de parte de mis clientes, eran exclusivamente por mi servicio a la comunidad, y yo no podía hacer distinción entre mis clientes y mis colaboradores; pues los clientes también me ayudaban en mi labor pública.
Uno de los regalos era un collar de oro valorado en cincuenta guineas, destinado a mi esposa. Pero incluso ese regalo se hizo debido a mi labor pública, y por lo tanto no podía separarse del resto.
La noche en que se me entregó el grueso de estas cosas pasé una noche en blanco. Caminé de un lado a otro de mi habitación profundamente agitado, pero no hallaba solución. Me resultaba difícil renunciar a regalos que valían cientos, pero me resultaba más difícil conservarlos.
Y aun si pudiera conservarlos, ¿qué hay de mis hijos? ¿Qué hay de mi esposa? Estaban siendo educados para una vida de servicio y para comprender que el servicio era su propia recompensa.
No tenía adornos costosos en la casa. Llevábamos tiempo simplificando nuestra vida. ¿Cómo podíamos permitirnos entonces tener relojes de oro? ¿Cómo podíamos permitirnos llevar cadenas de oro y anillos de diamantes? Incluso entonces yo exhortaba a la gente a vencer el encanto por las joyas. ¿Qué iba a hacer ahora con las joyas que habían recaído sobre mí?
Decidí que no podía quedarme con estas cosas. Redacté una carta, creando un fideicomiso con ellas en favor de la comunidad y nombrando a Parsi Rustomji y a otros como fideicomisarios. Por la mañana consulté con mi esposa y mis hijos y finalmente me desilité de aquel pesado íncubo.