¿Pedírtelo a ti? Ya te conozco a estas alturas. Me quitaste mis joyas, no me habías de dejar en paz con ellas. ¡Imagínate que te ofreces a conseguir joyas para las nueras! ¡Tú, que desde hoy estás intentando hacer sadhus a mis muchachos! No, las joyas no serán devueltas. Y dime, ¿qué derecho tienes sobre mi collar?
—Pero —repliqué—, ¿el collar os lo han dado por vuestro servicio o por el mío?
“De acuerdo. Pero el servicio prestado por ti es tan bueno como el prestado por mí. He trabajado y sudado la gota gorda por ti día y noche. ¿No es eso un servicio? ¡Me impusiste a todo el mundo, haciéndome derramar amargas lágrimas, y trabajé como esclavo para ellos!”
Eran estocadas certeras, y algunas de ellas dieron en el blanco. Pero yo estaba decidido a devolver los adornos. De algún modo logré arrancarle su consentimiento. Los regalos recibidos en 1896 y 1901 fueron devueltos en su totalidad. Se redactó una escritura de fideicomiso y fueron depositados en un banco, para ser utilizados al servicio de la comunidad, de acuerdo con mis deseos o los de los fideicomisarios.
A menudo, cuando necesitaba fondos para fines públicos y sentía que debía recurrir al fideicomiso, he podido recaudar la cantidad necesaria, dejando intacto el dinero del fideicomiso.
El fondo sigue estando ahí, operándose en tiempos de necesidad, y ha acumulado intereses regularmente.
Nunca desde entonces me he arrepentido de dar ese paso, y a medida que han pasado los años, mi esposa también ha visto su sabiduría. Nos ha salvado de muchas tentaciones.
Definitivamente soy de la opinión de que un empleado público no debe aceptar regalos costosos.