Durante las difíciles marchas que hubo que realizar entonces, me vino como un relámpago la idea de que, si quería consagrarme al servicio de la comunidad de aquel modo, debía renunciar al deseo de tener hijos y riquezas y llevar la vida de un vanaprastha, la de alguien retirado de las preocupaciones domésticas.
La «Rebelión» no me ocupó más de seis semanas, pero este breve período demostró ser una época muy importante en mi vida.
La importancia de los votos se hizo evidente para mí con más claridad que nunca antes. Comprendí que un voto, lejos de cerrar la puerta a la verdadera libertad, la abría. Hasta ese momento no había tenido éxito porque me había faltado la voluntad, porque no había tenido fe en mí mismo, ni fe en la gracia de Dios y, por lo tanto, mi mente se había sacudido en el mar tempestuoso de la duda.
Comprendí que al negarse a tomar un voto, el hombre se veía arrastrado a la tentación, y que estar atado por un voto era como pasar del libertinaje a un verdadero matrimonio monógamo.
“Creo en el esfuerzo, no quiero atarme con votos”, es la mentalidad de la debilidad y traiciona un sutil deseo de aquello que debe evitarse.
O ¿dónde puede estar la dificultad en tomar una decisión definitiva? Voto huir de la serpiente que sé que me muerde, no me limito a hacer el esfuerzo de huir de ella.
Sé que el mero esfuerzo puede significar una muerte segura. El mero esfuerzo significa ignorancia del hecho cierto de que la serpiente ha de matarme obligatoriamente. El hecho, por tanto, de que pueda conformarme sólo con un esfuerzo, significa que aún no he comprendido claramente la necesidad de una acción definitiva.
«Pero suponiendo que mis puntos de vista cambien en el futuro, ¿cómo puedo atarme con un voto?». Tal duda a menudo nos disuade. Pero esa