Contactos europeos (continuación)
En Johannesburgo tuve en una época hasta cuatro dependientes indios, que tal vez se parecían más a mis hijos que a dependientes.
Pero ni siquiera estos bastaban para mi trabajo. Era imposible prescindir de la máquina de escribir, que entre nosotros, en todo caso, solo yo sabía usar.
Se la enseñé a dos de los dependientes, pero nunca estuvieron a la altura debido a su pobre inglés. Y además, a uno de ellos quería formarlo como contable.
No pude traer a nadie de Natal, pues nadie podía entrar en Transvaal sin un permiso, y para mi propia conveniencia personal no estaba dispuesto a pedirle un favor al Oficial de Permisos.
Me encontraba al límite de mis fuerzas. Los atrasos se acumulaban rápidamente, a tal punto que me parecía imposible, por mucho que lo intentara, hacerme cargo de mi trabajo profesional y público. Estaba totalmente dispuesto a contratar a un empleado europeo, pero no estaba seguro de conseguir que un hombre o una mujer blancos sirvieran a un hombre de color como yo. Sin embargo, decidí intentarlo. Me acerqué a un agente de máquinas de escribir que conocía y le pedí que me consiguiera un taquígrafo. Había chicas disponibles y él prometió intentar conseguir los servicios de una. Dio con una joven