Esbelto, silencioso y rápido, el hombre terminó el gallinero que estaba haciendo, le dio la vuelta, probó la puerta corrediza y luego lo hizo a un lado.
Después se levantó, fue por un viejo gallinero y lo llevó al tajo donde estaba trabajando. En cuclillas, probó los barrotes; algunos se rompieron en sus manos; comenzó a sacar los clavos. Luego le dio la vuelta al gallinero y sopesó qué hacer, y no dio absolutamente ninguna muestra de percatarse de la presencia de la mujer.
Así que Connie lo observó fijamente. Y la misma soledad incomunicada que le había visto desnudo, se la vio ahora vestido: solitaria y absorta, como la de un animal que trabaja a solas, pero también taciturna, como la de un alma que se retrae, que se aleja de todo contacto humano.
En silencio, con paciencia, se estaba retrayendo de ella incluso ahora. Era la quietud, y esa especie de paciencia intemporal, en un hombre impaciente y apasionado, lo que conmovió el vientre de Connie.
Lo vio en su cabeza inclinada, en las manos rápidas y silenciosas, en la estampa agazapada de sus lomos esbeltos y sensibles; algo paciente y replegado. Sintió que la experiencia de él había sido más honda y vasta que la suya; mucho más honda y vasta, y tal vez más letal. Y esto la libró de sí misma; se sentía casi irresponsable.
Así que se sentó en el umbral de la choza ensimismada, totalmente ajena al tiempo y a las circunstancias particulares. Estaba tan abstraída que él la miró de reojo con rapidez y vio en su rostro una expresión de total quietud y espera. Para él era una mirada de espera. Y una pequeña y delgada lengua de fuego centelleó de pronto en sus ingles, en la base de su espalda, y gimió en su interior. Temía con una repulsión casi mortal cualquier otro contacto humano cercano.