Connie sintió un repentino y extraño salto de simpatía hacia él, un salto mezclado con compasión, y teñido de repulsión, que rayaba casi en el amor. ¡El intruso! ¡El intruso! ¡Y lo llamaban advenedizo! ¡Qué mucho más advenedizo y pretencioso se veía Clifford! ¡Qué mucho más estúpido!
Michaelis supo de inmediato que le había causado impresión. Clavó en ella sus ojos claros, avellanos y un poco prominentes con una mirada de total desapego. La estaba evaluando, al igual que la magnitud de la impresión que había causado. Entre los ingleses, nada podía librarlo de ser el eterno intruso, ni siquiera el amor. Aun así, a veces las mujeres se enamoraban de él... También las inglesas.
Sabía perfectamente a qué atenerse con Clifford. Eran como dos perros extraños a los que les habría gustado gruñirse mutuamente, pero que en su lugar sonreían, a la fuerza.
Pero con la mujer no estaba tan seguro.
El desayuno se servía en los dormitorios; Clifford nunca aparecía antes del almuerzo, y el comedor resultaba un poco lúgubre.
Después del café, Michaelis —un alma inquieta y desasosegada— se preguntó qué debería hacer. Era un hermoso día de noviembre… hermoso para Wragby. Miró el melancólico parque. ¡Dios mío! ¡Qué sitio!
Envió a un criado para preguntar si podía serle de alguna utilidad a lady Chatterley: pensaba ir a Sheffield en coche. La respuesta fue que si le apetecía subir al salón de lady Chatterley.
Connie tenía una salita en el tercer piso, la planta más alta de la parte central de la casa. Las habitaciones de Clifford estaban en la planta baja, por supuesto.