Sí, esto era el amor, este ridículo rebote de nalgas, y el marchitamiento del pobre miembro, insignificante, húmedo y pequeñito. ¡Esto era el amor divino! Después de todo, los modernos tenían razón cuando sentían desprecio por la actuación; porque era una actuación. Era muy cierto, como decían algunos poetas, que el Dios que creó al hombre debió de tener un sentido del humor siniestro, al crearlo como un ser racional y, sin embargo, obligarlo a adoptar esta postura ridícula, impulsándolo con un anhelo ciego hacia esta ridícula actuación. Incluso un Maupassant encontraba en ello un anticlímax humillante. Los hombres desdeñaban el acto del coito, y aun así lo hacían.
Fría y burlona, su mente extraña y femenina se mantenía al margen, y aunque yacía completamente quieta, su impulso era arquear las caderas y echar al hombre de encima, escapar de su feo agarre y del embate avasallador de sus absurdos muslos.
Su cuerpo era una cosa necia, impudentemente imperfecta, un tanto repugnante en su torpeza inacabada. Pues con seguridad una evolución completa eliminaría esta representación, esta «función».
Y sin embargo, cuando él hubo terminado, pronto concluido, y se quedó muy, muy quieto, retrocediendo hacia el silencio y una extraña e inmóvil distancia, lejos, más allá del horizonte de su conciencia, su corazón comenzó a llorar.
Sentía que él se iba apagando, se iba apagando, dejándola allí como a una piedra en la orilla.
Se estaba retirando, su espíritu la abandonaba.
Él lo sabía.
Y con un dolor auténtico, atormentada por su propia conciencia dividida y su reacción, comenzó a llorar.