miembros, y comprendió la inmensa diferencia entre tener un hijo para uno mismo y tener un hijo de un hombre hacia el que se le entrañaban las entrañas. Lo primero parecía en cierto modo ordinario: pero tener un hijo de un hombre a quien se adoraba en las entrañas y en el vientre la hacía sentirse muy distinta de su antiguo yo, y como si estuviera hundiéndose, hundiéndose profundamente en el centro de toda la femineidad y en el sueño de la creación.
No era la pasión lo que era nuevo para ella, era la adoración anhelante. Sabía que siempre le había temido, porque la dejaba indefensa; aún le temía, no fuera a ser que, si lo adoraba demasiado, entonces se perdería a sí misma, quedaría borrada, y ella no quería ser borrada, una esclava, como una mujer salvaje.
No debía convertirse en esclava. Temía su adoración, pero aun así no lucharía contra ella de inmediato. Sabía que podía combatirla. Llevaba en el pecho un demonio de obstinación capaz de combatir la plena, suave y agitada adoración de sus entrañas y aplastarla. Incluso ahora podría hacerlo, o eso creía, y entonces podría retomar su pasión con su propia voluntad.
Ah sí, ser apasionada como una bacante, como una furia que huye a través de los bosques, ¡invocar a Iaco, el falo luminoso que no tenía ninguna personalidad independiente detrás de él, sino que era puro servidor de la diosa para la mujer!
El hombre, el individuo, que no osara inmiscuirse. Él no era más que un servidor del templo, el portador y guardián del falo luminoso, que era de ella.
Así, en el flujo de un nuevo despertar, la vieja y dura pasión flameó en ella por un tiempo, y el hombre se redujo a un objeto despreciable, el mero portador del falo, destinado a ser hecho pedazos una vez cumplido su servicio.