«¡Odiarlo, no! He conocido a demasiados como él como para alterarme odiándolo. De antemano sé que no me simpatiza su calaña, y lo dejo estar».
—¿Qué clase de hombre es?
—No, usted lo sabe mejor que yo. Esa clase de señor joven tirando a señorita, y sin huevos.
“¿Qué pelotas?”
¡Los cojones! ¡Los cojones de un hombre!
Ella meditó sobre esto.
—Pero ¿se trata de eso? —dijo ella, un poco molesta.
“Dices que un hombre no tiene cerebro cuando es un tonto, y que no tiene corazón cuando es