Mrs. Bolton entró con dos vasos de leche malteada: uno para Clifford, para hacerlo dormir, y otro para Connie, para volver a engordarla. Era una costumbre nocturna que ella había instaurado.
Connie se alegró de irse, cuando hubo terminado su vaso, y agradeció no tener que ayudar a Clifford a la cama. Cogió el vaso de él y lo puso en la bandeja, luego cogió la bandeja para dejarla fuera.
—¡Buenas noches, Clifford! ¡Que duermas muy bien! El Racine se mete a uno en el cuerpo como un sueño. ¡Buenas noches!
Se había acercado flotando hacia la puerta. Se iba sin darle un beso de buenas noches. Él la observó con ojos agudos y fríos.
¡Así que eso era! ¡Ni siquiera le daba un beso de buenas noches, después de que él se había pasado una tarde leyéndole! ¡Qué profundidades de insensibilidad había en ella! Aunque el beso no fuera más que una formalidad, de tales formalidades dependía la vida.
Era una bolchevique, en realidad. ¡Sus instintos eran bolcheviques! Contempló fría y airadamente la puerta por donde ella se había ido. ¡Ira!
Y de nuevo le sobrevino el pavor de la noche. Era un manojo de nervios, y cuando no estaba animado para trabajar y rebosante de energía, o cuando no estaba escuchando la radio y era por completo neutral, entonces le acosaban la ansiedad y la sensación de un peligroso y próximo vacío.
Tenía miedo. Y Connie podía alejarle ese miedo, si hubiera querido. Pero era obvio que no quería, no quería. Era insensible, fría e insensible a todo lo que él hacía por ella. Él le entregaba su vida, y ella se mostraba insensible con él. Solo quería salirse con la suya.
«The lady loves her will.»
Ahora era con un bebé con el que estaba obsesionada. ¡Solo para que fuera suyo, todo suyo, y no de él!