Pero él la protegería con su corazón por un poco de tiempo. Por un poco de tiempo, antes de que el mundo de hierro insensible y el Mammón de la codicia mecanizada los machacara a ambos, a ella tanto como a él.
Se fue a casa con su escopeta y su perro, a la oscura cabaña, encendió la lámpara, avivó el fuego y cenó pan con queso, cebolletas y cerveza.
Estaba solo, en un silencio que amaba.
Su habitación estaba limpia y ordenada, pero bastante austera. Sin embargo, el fuego brillaba, el hogar estaba blanco, la lámpara de petróleo colgaba luminosa sobre la mesa, con su hule blanco.
Intentó leer un libro sobre la India, pero esta noche no podía leer. Se sentó junto al fuego en mangas de camisa, sin fumar, pero con una taza de cerveza al alcance de la mano.
Y pensó en Connie.
A decir verdad, sentía lo que había pasado, quizá sobre todo por ella. Tenía un presentimiento funesto.
Ningún sentimiento de culpa o pecado; ninguna conciencia le turbaba en ese aspecto. Sabía que la conciencia era principalmente miedo a la sociedad, o miedo a uno mismo.
No se temía a sí mismo. Pero le temía muy conscientemente a la sociedad, que por instinto sabía que era una bestia malévola y parcialmente insana.
¡La mujer! ¡Si pudiera estar allí con él, y no hubiera nadie más en el mundo! El deseo volvió a surgir, su miembro comenzó a agitarse como un pájaro vivo. Al mismo tiempo, una opresión, un pavor a exponerse a sí mismo y a ella a esa Cosa exterior que centelleaba con saña bajo las luces eléctricas, agobiaba sus hombros. Ella, pobrecita, era para él tan solo una criatura hembra joven; pero una criatura hembra joven en la que había penetrado y a la que deseaba de nuevo.