Él salió y bajó por el caminito en dirección opuesta a la senda para caballos. Connie contempló su figura delgada y blanca, y le pareció un fantasma, una aparición que se alejaba de ella.
Cuando ya no pudo verlo, el corazón se le encogió. Se quedó en la puerta de la choza, envuelta en una frazada, mirando hacia el silencio empapado e inmóvil.
Pero él volvía, trotando de manera extraña, y llevaba flores. Ella le tenía un poco de miedo, como si no fuera del todo humano. Y cuando se acercó, sus ojos miraron a los de ella, pero ella no pudo comprender el significado.
Había traído aguileñas y sílenes, y heno recién cortado, y ramitos de roble y madreselvas en capullo tierno. Le sujetó unos mullidos brotes jóvenes de roble alrededor de los pechos, metiendo ramitos de jacintos silvestres y sílenes; y en el ombligo colocó una flor de sílene rosa, y en su vello púbico había nomeolvides y asperillas.
—¡Esa eres tú en todo tu esplendor! —dijo—. Lady Jane, en su boda con John Thomas.
Y se puso flores en el vello del cuerpo, y se enredó un trozo de lisimaquia alrededor del pene, y se metió una sola campanilla de jacinto en el ombligo.
Ella lo observaba con diversión, con su extraña concentración. Y le metió una flor de acinto en el bigote, donde se quedó enganchada, colgando bajo su nariz.
—Esto es John Thomas casándose con Lady Jane —dijo—. Y tenemos que dejar que Constance y Oliver sigan su propio camino. Tal vez...
Extendió la mano con un gesto y luego estornudó, estornudando para apartar las flores de su nariz y su ombligo.