«Querido Clifford, me temo que ha ocurrido lo que previste. De verdad estoy enamorada de otro hombre, y espero que me concedas el divorcio. Actualmente me estoy quedando en el apartamento de Duncan. Ya te dije que estuvo con nosotros en Venecia. Siento muchísimo lo que te toca sufrir a ti; pero intenta tomarlo con calma. Ya no me necesitas de verdad, y no puedo soportar la idea de volver a Wragby. Lo siento muchísimo. Pero intenta perdonarme, divórciate de mí y busca a alguien mejor. No soy en realidad la persona adecuada para ti, supongo que soy demasiado impaciente y egoísta. Pero no puedo volver jamás a vivir contigo. Y me siento terriblemente apenada por todo esto, por ti. Pero si no dejas que te afecte demasiado, verás que no te importará tanto. En realidad no te importaba yo personalmente. Así que perdóname y deshazte de mí».
A Clifford no le sorprendió interiormente recibir esta carta. Interiormente, sabía desde hacía mucho tiempo que ella iba a dejarlo. Pero se había negado rotundamente a admitirlo de cara al exterior. Por lo tanto, exteriormente, le supuso el golpe y la conmoción más terribles. Había mantenido la superficie de su confianza en ella bastante serena.
Y así es como somos. Mediante la fuerza de voluntad cortamos nuestro conocimiento intuitivo interno de la conciencia admitida. Esto causa un estado de pavor, o aprensión, que hace que el golpe sea diez veces peor cuando finalmente llega.
Clifford era como un niño histérico. Le dio un susto terrible a la señora Bolton, incorporándose en la cama con aspecto cadavérico e inexpresivo.
“Válgame Dios, Sir Clifford, ¿qué le ocurre?”
¡Ninguna respuesta! Estaba aterrorizada de que le hubiera dado un apoplejía. Se apresuró y le tocó la cara, le tomó el pulso.