En la corta noche de verano aprendió tanto. Habría pensado que una mujer se habría muerto de vergüenza. En lugar de eso, la vergüenza murió.
La vergüenza, que es miedo: la profunda vergüenza orgánica, el viejo, viejísimo miedo físico que se agazapa en las raíces de nuestro cuerpo y solo puede ser ahuyentado por el fuego sensual, al fin fue despertado y puesto en fuga por la caza fálica del hombre, y ella llegó al mismísimo corazón de la selva de sí misma.
Sentía, ahora, que había llegado a la auténtica roca madre de su naturaleza, y que era esencialmente desvergonzada. Era su ser sensual, desnudo y sin vergüenza.
- Sentía un triunfo, casi una vanagloria.
- ¡Así pues! ¡Así era como iba!
- ¡Eso era la vida!
- ¡Así era como uno era realmente!
No quedaba nada que disimular o de lo que avergonzarse. Compartía su desnudez última con un hombre, otro ser.
¡Y qué diablo tan imprudente era el hombre! ¡Realmente como un demonio! Había que ser fuerte para soportarlo.
Pero costaba llegar a ello, al centro de la selva física, al último y más profundo recoveco de la vergüenza orgánica. Solo el falo podía explorarlo. ¡Y cómo había avanzado sobre ella!
Y cómo, con miedo, lo había aborrecido. ¡Pero cómo lo había deseado de verdad! Ahora lo sabía. En el fondo de su alma, fundamentalmente, había necesitado esta cacería fálica, lo había deseado en secreto, y había creído que nunca lo obtendría.