Connie fue al soto inmediatamente después de almorzar. Era un día verdaderamente hermoso, con los primeros dientes de león haciendo de soles, las primeras margaritas tan blancas.
La espesura de avellanos era un encaje de hojas entreabiertas y la última vertical polvorienta de los amentos. Las celidonias amarillas se apiñaban ahora, abiertas de par en par, apretadas hacia atrás con urgencia, y su propio destello amarillo. Era el amarillo, el poderoso amarillo del principio del verano.
Y las primulas eran amplias y estaban llenas de un abandono pálido, primulas muy agrupadas que ya no eran tímidas. El verde oscuro y lozano de los jacintos era un mar, con capullos que emergían como mazorcas pálidas, mientras que en el camino los nomeolvides se esponjaban y las aguileñas desplegaban sus riquezas de color morado tinta, y había trozos de cáscara de huevo de azulejo bajo un arbusto.
¡Por todas partes los nudos de los capullos y el salto de la vida!
El guardabosques no estaba en la cabaña. Todo era serenidad, unas gallinas marrones correteando llenas de vida. Connie siguió hacia la casita, porque quería encontrarlo.
La casita se alzaba bajo el sol, al borde del bosque.
En el jardincillo, los narcisos dobles crecían en macollas, cerca de la puerta de par en par, y las margaritas dobles rojas hacían de cenefa en el sendero.
Se oyó el ladrido de un perro y Flossie salió corriendo.