¿Por qué era esto necesario? ¿Por qué había disipado una gran nube de ella y le había dado paz? ¿Era real? ¿Era real?
Su atormentado cerebro de mujer moderna seguía sin hallar descanso.
¿Era real? Y sabía que, si se entregaba al hombre, era real. Pero si se guardaba para sí misma, no era nada.
Era vieja; de millones de años de edad, sentía. Y al fin, ya no pudo soportar más la carga de sí misma.
Estaba a disposición de quien la tomara. A disposición de quien la tomara.
El hombre yacía en una misteriosa quietud.
¿Qué estaba sintiendo? ¿Qué estaba pensando? Ella no lo sabía.
Era un hombre extraño para ella, no lo conocía. Solo tenía que esperar, pues no se atrevía a romper su misteriosa quietud.
Yacía allí con los brazos alrededor de ella, su cuerpo sobre el de ella, su cuerpo mojado tocando el suyo, tan cerca. Y completamente desconocido. Mas no carente de paz. Su misma quietud era pacífica.
Ella lo supo cuando por fin él se movió y se apartó de ella. Fue como un abandono.
En la oscuridad, le bajó el vestido sobre las rodillas y se quedó de pie unos instantes, al parecer acomodándose la propia ropa. Luego abrió la puerta silenciosamente y salió.