—¡No sirve de nada! —dijo Clifford con frenesí—. Voy a mandar a Field y a Betts a buscarla.
—¡Oh, no haga eso! —exclamó la señora Bolton—. Van a pensar que hay un suicidio o algo así. Oh, no empiece a armar habladurías... Déjeme ir a hurtadillas a la cabaña y ver si no está ahí. Ya la encontraré.
Así que, tras cierta persuasión, Clifford le permitió irse.
Y así se la había encontrado Connie en el camino de entrada, sola y pálida, vagando sin rumbo.
“¡No se enfade porque haya venido a buscarla, mi Lady! Pero sir Clifford se puso en un estado terrible. Estaba convencido de que le había caído un rayo o de que la había matado la caída de un árbol. Y se empeñó en mandar a Field y a Betts al bosque para encontrar el cuerpo. Así que pensé que era mejor venir yo, antes debor alborotar a todos los sirvientes”.
Hablaba nerviosa. Todavía podía ver en el rostro de Connie la tersura y el semisueño de la pasión, y podía sentir la irritación contra sí misma.
—¡Desde luego! —dijo Connie. Y no pudo decir nada más.
Las dos mujeres avanzaron con paso pesado por aquel mundo húmedo, en silencio, mientras grandes gotas salpicaban como explosiones en el bosque.
Cuando llegaron al parque, Connie se adelantó a grandes zancadas, y la señora Bolton jadeaba un poco. Estaba poniéndose más rellenita.
—¡Qué necio es Clifford armando tanto alboroto! —dijo Connie al fin, con enojo, hablándose en realidad a sí misma.
—¡Oh, ya sabe cómo son los hombres! Les gusta alterarse. Pero estará bien en cuanto vea a su señoría.