“¡Oh, sí! Creo que de verdad, sí.”
Ella estaba mirando a un cocker spaniel marrón que había salido corriendo de un sendero lateral y los miraba con la nariz levantada, emitiendo un ladrido suave y afelpado.
Un hombre con una escopeta salió con paso rápido y sigiloso tras el perro, mirando hacia ellos como si fuera a atacarlos; luego se detuvo en seco, saludó militarmente y empezó a bajar la colina.
Era tan solo el nuevo guardabosques, pero había asustado a Connie; parecía surgir con una amenaza tan repentina. Así lo había visto ella, como la acometida repentina de una amenaza surgida de la nada.
Era un hombre con bombachos y polainas de terciopelo verde oscuro… al viejo estilo, de cara roja y bigote rojo y ojos distantes. Iba de bajada a paso ligero.
—¡Mellors! —llamó Clifford.
El hombre se volvió ligeramente y saludó con un gesto rápido y pequeño, ¡un soldado!
—¿Quieres dar la vuelta a la silla y ponerla en marcha? Así es más fácil —dijo Clifford.
El hombre se colgó en el acto la escopeta al hombro y se adelantó con los mismos movimientos extrañamente ágiles y a la vez sigilosos, como si avanzara invisible. Era de estatura mediana, delgado y silencioso. No miró a Connie en absoluto, solo a la silla.
—Connie, este es el nuevo guardabosques, Mellors. ¿Aún no has hablado con su señoría, Mellors?
—¡No, señor! —fueron las palabras prontas y neutrales.