Podía oír las máquinas de extracción en Stacks Gate bajando a los mineros de las siete en punto. El pozo trabajaba en tres turnos.
Volvió a bajar a la oscuridad y el aislamiento del bosque. Pero sabía que el aislamiento del bosque era ilusorio. Los ruidos industriales rompían la soledad, las luces intensas, aunque invisibles, se burlaban de ella.
Un hombre ya no podía ser privado y solitario. El mundo no tolera ermitaños. Y ahora había tomado a la mujer, y atraído sobre sí un nuevo ciclo de dolor y perdición. Pues sabía por experiencia lo que eso significaba.
No había sido culpa de la mujer, ni siquiera culpa del amor, ni la culpa del sexo. La culpa residía allí, allí afuera, en aquellas malignas luces eléctricas y los diabólicos traqueteos de los motores.
Allí, en el mundo del mecanismo mecánico y codicioso, codicioso y mecanizado, chispeante de luces y brotante de metal hirviente y rugiente de tráfico, allí yacía esa vasta cosa maligna, lista para destruir todo lo que no se conformara.
Pronto destruiría el bosque, y las campanillas azules ya no brotarían más. Todas las cosas vulnerables deben perecer bajo el rodar y correr del hierro.
Pensó con infinita ternura en la mujer. Pobre criatura desamparada, era más agradable de lo que ella misma sabía, ¡y oh!, demasiado buena para el rudo grupo con el que trataba. Pobre, ella también tenía algo de la vulnerabilidad de los jacintos silvestres; no era pura goma dura y platino, como la chica moderna. ¡Y la machacarían! ¡A fe mía que la machacarían, como machacan a toda vida naturalmente tierna! ¡Tierna! En alguna parte era tierna, tierna con la ternura de los jacintos en crecimiento, algo que se ha perdido en las mujeres de celuloide de hoy.