Connie se puso insistente.
Hilda inclinó su cabeza digna de Minerva en silencio. Luego levantó la vista.
—¿Quieres decirme quién es? —dijo ella.
—Es nuestro guardabosque —dijo Connie con voz titubeante, y se sonrojó intensamente, como una niña avergonzada.
—¡Connie! —dijo Hilda, levantando ligeramente la nariz con disgusto: un gesto que había heredado de su madre.
—Ya lo sé, pero en realidad es un encanto. De verdad que entiende de ternura —dijo Connie, intentando disculparlo.
Hilda, como una Atenea rojiza y de colores intensos, inclinó la cabeza y meditó. Estaba verdaderamente furiosa. Pero no se atrevía a demostrarlo, porque Connie, que había salido a su padre, se pondría de inmediato díscola e ingobernable.
Era verdad, a Hilda no le gustaba Clifford: ¡su fría seguridad de que era alguien!
Pensaba que se aprovechaba de Connie de manera vergonzosa e insolente. Había esperado que su hermana lo dejara. Pero, al ser de la sólida clase media escocesa, le repugnaba cualquier "rebajamiento" de uno mismo o de la familia.
Al fin alzó la vista.
—Te arrepentirás —dijo ella.
—No lo haré —gritó Connie, con el rostro encendido—. Él es toda una excepción. De verdad lo quiero. Es encantador como amante.
Hilda seguía meditando.