Se puso su viejo impermeable de color violeta y se escabulló de la casa por la puerta lateral.
La llovizna era como un velo sobre el mundo, misteriosa, silenciosa, no fría.
Entró en calor mientras apresuraba el paso por el parque. Tuvo que abrirse su gabardina ligera.
El bosque estaba silencioso, quieto y secreto bajo la llovizna vespertina, lleno del misterio de los huevos y de los brotes medio abiertos, de las flores a medio desenvainar. En aquella penumbra, los árboles relucían desnudos y oscuros como si se hubieran despojado de sus ropas, y las cosas verdes sobre la tierra parecían zumbar de verdor.
Aún no había nadie en el claro. Casi todos los polluelos se habían metido bajo las gallinas cluecas; solo uno o dos polluelos perdidos y aventureros seguían picoteando en la sequedad bajo el refugio de paja. Y ya no estaban tan seguros de sí mismos.
¡Así que! Aún no había ido. Se estaba quedando lejos a propósito. O tal vez algo andaba mal. Tal vez ella pudiera ir a la cabaña y ver.
Pero ella había nacido para esperar. Abrió la choza con su llave.
Estaba todo ordenado, el maíz guardado en el depósito, las mantas dobladas en la balda, la paja prolija en un rincón; un nuevo atado de paja. El quinqué de huracán colgaba de un clavo. La mesa y la silla habían sido devueltas al lugar donde ella se había acostado.
Se sentó en un taburete en el umbral. ¡Qué quieto estaba todo! La fina lluvia soplaba muy suavemente, como una película, pero el viento no hacía ruido. Nada emitía ningún sonido. Los árboles se erguían como seres poderosos, vagos, crepusculares, silenciosos y vivos. ¡Qué vivo estaba todo!