Cuando andaba entre los hombres, buscando sus propios fines y «triunfando» con las explotaciones de su mina de carbón, poseía una astucia, una dureza y un golpe directo y certero casi sobrenaturales. Era como si su propia pasividad y prostitución ante la Magna Mater le proporcionaran una visión penetrante de los asuntos materiales de los negocios, y le otorgaran una cierta fuerza inhumana notable. El regodearse en la emoción privada, la absoluta abyección de su yo varonil, parecían dotarle de una segunda naturaleza, fría, casi visionaria, con mentalidad comercial. En los negocios era completamente inhumano.
Y en esto triunfó la señora Bolton.
«¡Cómo está saliendo adelante!», se decía a sí misma con orgullo. «¡Y eso es obra mía! Vaya, jamás habría llegado tan lejos con lady Chatterley. Ella no era de las que impulsan a un hombre. Exigía demasiado para sí misma».
Al mismo tiempo, en algún rincón de su extraña alma de mujer, ¡cómo lo despreciaba y lo aborrecía! Él era para ella la bestia caída, el monstruo retorciéndose. Y mientras lo ayudaba y lo encubría en todo lo que podía, allá en el rincón más recóndito de su ancestral y sana condición de mujer, lo despreciaba con un desprecio salvaje que no conocía límites. El más insignificante de los vagabundos era mejor que él.
Su comportamiento respecto a Connie era curioso. Insistió en volver a verla. Insistió, además, en que fuera a Wragby. En este punto se mostró firme de manera definitiva y absoluta. Connie había prometido volver a Wragby, fielmente.
“¿Pero sirve de algo?”, dijo la señora Bolton. “¿No puede dejarla marchar y librarse de ella?”.
«¡No! Ella dijo que iba a volver, y tiene que venir».