Había una dureza, una extraña dureza de cuello estirado y una falta de vida en las clases medias y altas, tal como las había conocido, que simplemente lo dejaban indiferente y distinto a ellas.
Así pues, había vuelto a su propia clase. Para encontrar en ella, lo que había olvidado durante sus años de ausencia, una pequeñez y una vulgaridad de modales sumamente desagradables.
Admitía ahora por fin cuán importantes eran los modales. Admitía también cuán importante era incluso fingir que no importaban los céntimos ni las pequeñas cosas de la vida.
Pero entre la gente común no había fingimiento. Un penique más o menos en el tocino era peor que una modificación en el Evangelio. No lo soportaba.
Y otra vez estaba la disputa por el salario. Habiendo vivido entre las clases propietarias, conocía la absoluta inutilidad de esperar solución alguna a la disputa por el salario. No había más solución que la muerte. Lo único que cabía hacer era que no importara, que no importara el salario.
Sin embargo, si eras pobre y desgraciado tenías que importarte.
De cualquier modo, se estaba convirtiendo en lo único que les importaba. La preocupación por el dinero era como un gran cáncer que carcomía a los individuos de todas las clases.
Él se negaba a que le importara el dinero.
¿Y qué luego? ¿Qué ofrecía la vida aparte de la preocupación por el dinero. Nada.
Sin embargo, podía vivir solo, con la pálida satisfacción de estar solo, y criar faisanes para que al final les dispararan hombres obesos después de desayunar. Era la inutilidad, la inutilidad elevada a la enésima potencia.