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nydus/Lady Chatterley’s LoverPublic
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XVII

A Hilda le gustaba un poco estar drogada. Le gustaba mirar a todas las mujeres, especular sobre ellas. Las mujeres estaban absorbientemente interesadas en las mujeres.

¡Cómo se ve! ¿qué hombre ha cazado? ¿qué diversión le está sacando?

Los hombres eran como grandes perros con pantalones de franela blanca, esperando que los acariciaran, esperando revolcarse, esperando estampar el vientre de alguna mujer contra el suyo propio, en el jazz.

A Hilda le gustaba el jazz porque podía pegar el vientre contra el vientre de cualquier hombre de pacotilla y dejar que este le dirigiera los movimientos desde el centro visceral, de aquí para allá por la pista, y luego podía soltarse e ignorar a «la criatura». Tan solo se había servido de él.

La pobre Connie era bastante infeliz. No quería bailar jazz porque simplemente no le era posible pegar el vientre contra el vientre de ninguna «criatura». Odiaba la masa heterogénea de carne casi desnuda en el Lido: apenas había agua suficiente para mojarlos a todos. Le desagradaban sir Alexander y lady Cooper. No quería que Michaelis ni nadie la persiguiera.

Los momentos más felices eran cuando lograba que Hilda la acompañara al otro lado de la laguna, muy lejos, hacia algún banco de guijarros solitario, donde podían bañarse a solas, mientras la góndola permanecía en la parte interior del arrecife.

Luego Giovanni consiguió que otro gondolero lo ayudara, porque era un largo trecho y sudaba muchísimo bajo el sol. Giovanni era muy simpático: afectuoso, como son los italianos, y carente por completo de pasión.

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