Clifford nunca se había propuesto conseguir dinero ante todo, aunque lo ganaba donde podía, pues el dinero es el cuño y el sello del éxito. Y el éxito era lo que querían. Querían, los dos, hacer un verdadero alarde... el mismísimo alarde de un hombre sobre sí mismo, que cautivara por un tiempo a la vasta muchedumbre.
Era extraño... la prostitución ante la perra diosa. Para Connie, dado que en realidad estaba al margen de todo aquello, y como se había vuelto insensible a la emoción que producía, no era otra vez más que la nada. Incluso la prostitución ante la perra diosa era la nada, aunque los hombres se prostituyeran incontables veces. La nada incluso eso.
Michaelis le escribió a Clifford sobre la obra de teatro. Por supuesto, ella lo sabía desde hacía mucho tiempo. Y Clifford volvió a entusiasmarse. Iba a ser exhibido de nuevo esta vez, alguien iba a exhibirlo, y con ventaja. Invitó a Michaelis a Wragby con el Acto I.
Michaelis llegó: en verano, con un traje de colores claros y guantes de ante blanco, con orquídeas malvas para Connie, muy hermosas, y el Acto I fue un gran éxito.
Incluso Connie estaba emocionada… emocionada hasta el último resquicio de tuétano que le quedaba.
Y Michaelis, emocionado por su poder de emocionar, era verdaderamente maravilloso… y bastante hermoso, a los ojos de Connie. Veía en él aquella inmovilidad ancestral de una raza que ya no puede albergar ilusiones, un extremo, tal vez, de impureza que es pura. Al otro lado de su suprema prostitución a la diosa-perra parecía puro, puro como una máscara de marfil africano que sueña la impureza hasta convertirla en pureza, en sus curvas y planos de marfil.