Hizo un movimiento brusco con la cabeza para señalar la vela que ardía sobre la mesa. Ella la tomó obedientemente, y él contempló la amplia curva de sus caderas mientras subía los primeros peldaños.
Era una noche de pasión sensual, en la que ella se sentía un poco alarmada y casi reacia: pero atravesada de nuevo por punzantes escalofríos de sensualidad, diferentes, más agudos, más terribles que los escalofríos de la ternura, pero, en aquel momento, más deseables.
Aunque un poco asustada, dejó que él se saliera con la suya, y la sensualidad desenfrenada y desvergonzada la sacudió hasta los cimientos, la desnudó hasta lo más hondo y la convirtió en otra mujer.
No era amor en realidad. No era voluptuosidad. Era sensualidad aguda y abrasadora como el fuego, que reducía el alma a cenizas.
Quemando las vergüenzas, las vergüenzas más profundas y antiguas, en los lugares más secretos. Le costó un esfuerzo dejar que él hiciera con ella a su capricho y a su voluntad. Tuvo que ser una cosa pasiva y consentidora, como una esclava, una esclava física.
Sin embargo, la pasión la lambía, devoradora, y cuando la llama sensual de esta le presionó las entrañas y el pecho, pensó de verdad que se estaba muriendo: mas una muerte desgarradora y maravillosa.
Se había preguntado a menudo qué quería decir Abelardo cuando afirmó que, en su año de amor, él y Eloísa habían atravesado todas las etapas y refinamientos de la pasión.
¡Lo mismo, hace mil años: hace diez mil años! ¡Lo mismo en los vasos griegos, en todas partes!
¡Los refinamientos de la pasión, las extravagancias de la sensualidad! Y necesarios, siempre necesarios, para quemar las falsas vergüenzas y fundir el mineral más denso del cuerpo hasta transformarlo en pureza. Con el fuego de la más pura sensualidad.