Su rostro estaba pálido y sin expresión, como el de un hombre que se somete al destino.
—Quédate ahí —dijo con suavidad, y cerró la puerta, de modo que quedó oscuro, completamente oscuro.
Con una extraña obediencia, se tendió sobre la manta.
Luego sintió la mano suave, tanteadora, indefensamente deseosa que tocaba su cuerpo, buscando su rostro. La mano le acarició la cara con suavidad, con infinita calma y seguridad, y por fin hubo el suave roce de un beso en su mejilla.
Ella yacía muy quieta, en una especie de sueño, en una especie de ensoñación.
Luego se estremeció al sentir su mano que tanteaba suavemente, aunque con una extraña y frustrada torpeza entre sus ropas. Sin embargo, la mano sabía también cómo desnudarla allí donde quería.
Bajó la fina funda de seda, lenta, cuidadosamente, hasta el fondo y sobre sus pies. Luego, con un estremecimiento de exquisito placer, tocó el cuerpo cálido y blando, y rozó su ombligo por un momento con un beso.
Y tuvo que entrar en ella de inmediato, entrar en la paz sobre la tierra de su cuerpo blando y apacible. Era el momento de paz pura para él, la entrada en el cuerpo de la mujer.
Yacía inmóvil, en una especie de sueño, siempre en una especie de sueño. La actividad, el orgasmo era suyo, todo suyo; ella ya no podía luchar por sí misma. Incluso la fuerza de sus brazos alrededor de ella, incluso el intenso movimiento de su cuerpo y el brote de su simiente en ella, eran una especie de sueño, del cual no empezaba a despertar hasta que él hubo terminado y yacía jadeando suavemente contra su pecho.
Entonces se preguntó, vagamente se preguntó, ¿por qué?