las terrazas orientadas hacia el mar y, abajo, un jardín bastante grande con árboles oscuros, tapiado frente a la laguna.
Su anfitrión era un escocés pesado y más bien burdo que había hecho una buena fortuna en Italia antes de la guerra, y había sido nombrado caballero por su ultrapatriotismo durante la misma. Su esposa era una mujer delgada, pálida y aviesa, sin fortuna propia y con la desgracia de tener que regular las correrías amorosas, más bien sórdidas, de su marido. Él era insoportable con los sirvientes. Pero, habiendo sufrido un leve derrame cerebral durante el invierno, ahora era más manejable.
La casa era bastante sosa.
Aparte de Sir Malcolm y sus dos hijas, había otras siete personas: un matrimonio escocés, también con dos hijas; una joven condesa italiana, viuda; un joven príncipe georgiano, y un clérigo inglés más bien joven que había tenido neumonía y ejercía de capellán de Sir Alexander por motivos de salud.
- El príncipe no tenía un céntimo, era apuesto, serviría de excelente chófer, con la desfachatez necesaria, ¡y basta!
- La condesa era una gatita callada que traía algo entre manos.
- El clérigo era un tipo ingenuo e inexperto de una vicaría de Buckinghamshire: por suerte había dejado a su mujer y a sus dos hijos en casa.
- Y los Guthrie, la familia de cuatro miembros, eran de la buena y sólida clase media de Edimburgo, disfrutando de todo de manera sólida y atreviéndose a todo sin arriesgar nada.
Connie y Hilda descartaron al príncipe de inmediato. Los Guthrie eran más o menos de su misma clase, pudientes, pero aburridos; y las muchachas querían marido. El capellán no era un mal tipo, pero demasiado deferente. Sir Alexander, tras su leve apoplejía, tenía una pesadez terrible en su jovialidad, pero aún