Chatterley, habían puesto allí. No había otro patrón. No existía conexión orgánica con el pensamiento y la expresión que habían existido antes. Tan solo algo nuevo en el mundo: los libros de los Chatterley, enteramente personales.
El padre de Connie, en una fugaz visita a Wragby, le dijo a su hija en privado: —En cuanto a lo que escribe Clifford, es ingenioso, pero no hay nada de fondo. ¡No va a durar!
… Connie miró al corpulento caballero escocés que se había dado la buena vida toda la existencia, y sus ojos, sus grandes ojos azules que aún no dejaban de asombrarse, se volvieron vagos. ¡Nada de fondo! ¿Qué quería decir con que no había nada de fondo? Si los críticos lo alababan, y el nombre de Clifford era casi famoso, y hasta reportaba dinero… ¿qué quería decir su padre al afirmar que en los escritos de Clifford no había nada? ¿Qué otra cosa podía haber?
Porque Connie había adoptado la norma de los jóvenes: lo que había en el momento era todo. Y los momentos se sucedían unos a otros sin pertenecer necesariamente unos a otros.
Fue en su segundo invierno en Wragby cuando su padre le dijo:
«Espero, Connie, que no dejes que las circunstancias te obliguen a ser una demi-vierge.»
—¡Una demi-vierge! —respondió Connie vagamente—. ¿Por qué? ¿Por qué no?
—¡A menos que a ti te guste, por supuesto! —dijo su padre apresuradamente. A Clifford le dijo lo mismo, cuando los dos hombres se quedaron a solas:
«Me temo que a Connie no le sienta muy bien ser una demi-vierge.»