corriendo desdibujada bajo el aguacero con los movimientos de danza eurítmica que había aprendido hacía tanto tiempo en Dresde. Era una extraña figura pálida que se alzaba y caía, inclinándose para que la lluvia golpeara y reluciera en sus caderas llenas, meciéndose de nuevo hacia arriba y avanzando con el vientre por delante bajo la lluvia, para luego agacharse de nuevo de modo que solo los lomos y las nalgas llenas se ofrecían en una especie de homenaje hacia él, repitiendo una reverencia salvaje.
Él rio con amargura y se quitó la ropa. Era demasiado. Dio un salto y salió, desnudo y pálido, con un pequeño escalofrío, bajo la lluvia densa y oblicua. Flossie se adelantó de un salto con un ladrido frenético y breve.
Connie, con el pelo totalmente mojado y pegado a la cabeza, volvió el rostro afiebrado y lo vio. Sus ojos azules brillaban de excitación mientras se giraba y corría veloz, con un extraño movimiento de embestida, fuera del claro y bajando por el sendero, mientras las ramas mojadas la azotaban. Ella corría, y él no veía más que la cabeza redonda y mojada, la espalda húmeda inclinada hacia adelante en plena huida, las nalgas redondeadas centelleando: una maravillosa y encogida desnudez femenina en fuga.
Casi había llegado al amplio camino de caballos cuando él la alcanzó y le pasó el brazo desnudo por la cintura blanda y mojada de desnudez. Ella dio un grito y se endosó, y el bulto de su carne blanda y fría chocó contra su cuerpo. Él lo apretó todo contra sí, frenético, el bulto de blanda y fría carne de mujer que rápidamente se volvió cálido como una llama al entrar en contacto. La lluvia les caía a chorros hasta el punto de hacerlos humear. Él le asió los hermosos y pesados glúteos, uno en cada mano, y se los apretó contra el cuerpo en un frenesí, temblando inmóvil bajo la lluvia.