«Viene —pensó para sus adentros, odiándolo un poco—, porque siempre piensa en sí mismo. Está tan envuelto en su propio ser inmortal que, cuando recibe un impacto, es como una momia enredada en sus propias vendas.
Pero la histeria es peligrosa: y ella era enfermera, era su deber sacarlo de ahí. Cualquier intento por despertar su virilidad y su orgullo solo empeoraría las cosas: pues su virilidad estaba muerta, temporal si no definitivamente. Solo se retorcería cada vez más suavemente, como un gusano, y se desquiciaría aún más.
Lo único que faltaba era dar rienda suelta a su autocompasión. Como la dama de Tennyson, tenía que llorar o tenía que morir.
Así que la señora Bolton comenzó a llorar primero. Se cubrió el rostro con la mano y prorrumpió en pequeños y desaforados sollozos.
«¡Jamás lo habría creído de su señoría, jamás!»,
lloró, invocando de repente todo su viejo dolor y su sentido de la aflicción, y vertiendo las lágrimas de su propio y amargo disgusto. Una vez que empezó, su llanto fue lo suficientemente genuino, pues tenía motivos por los cuales llorar.
Clifford pensó en cómo había sido traicionado por la mujer, Connie, y en un contagio de dolor, las lágrimas llenaron sus ojos y comenzaron a rodarle por las mejillas. Lloraba por sí mismo.
La señora Bolton, en cuanto vio las lágrimas correr por su rostro inexpresivo, se secó apresuradamente sus propias mejillas húmedas con su pañuelito e se inclinó hacia él.
—¡Ahora no se aflija, Sir Clifford! —dijo, con un exceso de emoción—. ¡Ahora no se aflija, no lo haga, solo va a hacerse daño!