Ella le había parecido muy brutal. Pero ya no la había vuelto a ver desde 1915, en la primavera en que se alistó. Aun así, allí estaba, a menos de tres millas de distancia, y más brutal que nunca. Esperaba no volver a verla en lo que le quedaba de vida.
Pensó en su vida en el extranjero, como soldado.
- La India, Egipto, luego otra vez la India: la vida ciega y desprovista de reflexión con los caballos: el coronel que lo había querido y a quien él había querido: los varios años que había sido oficial, un teniente con muy buenas probabilidades de llegar a capitán.
- Luego la muerte del coronel por pulmonía, y su propia salvación por poco de la muerte: su salud quebrantada: su profunda inquietud: su abandono del ejército y su regreso a Inglaterra para volver a ser un obrero.
Estaba contemporizando con la vida. Había pensado que estaría a salvo, al menos por un tiempo, en este bosque.
Aún no había cacerías: tenía que criar a los faisanes. No tendría que atender ninguna escopeta. Estaría solo y apartado de la vida, que era todo lo que quería.
Tenía que tener algún tipo de trasfondo. Y este era su lugar natal. Incluso estaba su madre, aunque ella nunca había significado mucho para él.
Y podía seguir adelante en la vida, existiendo de día en día, sin conexiones y sin esperanza. Pues no sabía qué hacer consigo mismo.
No sabía qué hacer consigo mismo. Como había sido oficial durante algunos años y se había codeado con los demás oficiales y funcionarios, con sus esposas y familias, había perdido toda ambición por «prosperar».