Clifford escribía con regularidad. Escribía muy buenas cartas: todas ellas podrían haberse impreso en un libro. Y por esta razón a Connie no le resultaban muy interesantes.
Vivía en el estupor de la luz de la laguna, el salobre chisporroteo del agua, el espacio, el vacío, la nada: pero salud, salud, estupor completo de salud.
Era gratificante, y ella se dejaba acunar por ello, sin importarle nada. Además, estaba embarazada. Ahora lo sabía.
Así que el estupor de la luz del sol y la sal de la laguna y los baños de mar y tumbarse en los guijarros y encontrar conchas y alejarse, alejarse en una góndola se completaba con el embarazo en su interior, otra plenitud de salud, satisfactoria y estupefaciente.
Llevaba quince días en Venecia, y aún había de quedarse otros diez días o dos semanas. El sol brillaba con fuerza sobre cualquier cómputo del tiempo, y la plenitud de la salud física hacía que el olvido fuera absoluto. Se hallaba en una especie de estupor de bienestar.
De la cual la sacó una carta de Clifford.
“Nosotros también hemos tenido nuestra pequeña emoción local. Parece que la esposa prófuga de Mellors, el guardabosques, se apareció por la casita y descubrió que no era bienvenida. Él la mandó a paseo y echó la llave. Cuentan las malas lenguas, sin embargo, que cuando regresó del bosque encontró a la ya no tan bella dama firmemente instalada en su cama, in puris naturalibus; o habría que decir, in impuris naturalibus. Había roto una ventana y entrado por ahí. Incapaz de desalojar de su lecho a la maltrecha Venus, dio media vuelta y se retiró, según dicen, a casa de su madre en Tevershall. Entre tanto, la Venus de Stacks Gate está instalada en la casita, que según ella es su hogar, y Apolo, al parecer, reside en Tevershall.