En cuanto al frasco de sales, había sido pura necedad suya. No había podido reprimir el impulso de perfumarle uno o dos pañuelos y las camisas del cajón, solo por capricho de niña, y se había dejado un frasco de perfume de violeta silvestre de Coty, medio vacío, entre sus cosas.
Quería que él la recordara a través del perfume. En cuanto a las colillas, eran de Hilda.
No pudo evitar confesarle algo a Duncan Forbes. No dijo que había sido la amante del guarda, solo dijo que le gustaba, y le contó a Forbes la historia del hombre.
—Vaya —dijo Forbes—, ya verá, no van a parar hasta echar abajo al hombre y acabar con él. Si se ha negado a trepar a las clases medias cuando tuvo la oportunidad; y si es un hombre que defiende su propio sexo, entonces acabarán con él. Es la única cosa que no te dejan ser: directo y abierto en tu sexo.
Puedes ser todo lo cochino que quieras. De hecho, cuanto más ensucias el sexo, más les gusta. Pero si crees en tu propio sexo y no toleras que lo ensucie: te echarán abajo. Es el único tabú demencial que queda: el sexo como algo natural y vital. No lo toleran, y te matarán antes de dejar que lo tengas.
Ya verá, van a acosar a ese hombre hasta derribarlo. ¿Y qué ha hecho, después de todo? Si le ha hecho el amor a su mujer sin parar, ¿no tiene derecho a hacerlo? Ella debería estar orgullosa de eso. Pero ya ve, hasta una perra ruin como esa se vuelve en contra de él y usa el instinto de hiena de la muchedumbre contra el sexo, para derribarlo. Tienes que lloriquear y sentirte culpable o espantoso respecto a tu sexo, antes de que te permitan tener alguno.
Vaya, van a acosar al pobre infeliz hasta destruirlo.