Era el tipo de amante tembloroso y exaltado, cuya crisis no tardaba en llegar y concluir.
Había algo curiosamente aniñado e indefenso en su cuerpo desnudo: como están desnudos los niños. Sus defensas se hallaban todas en su ingenio y su astucia, en sus propios instintos de astucia, y cuando estos quedaban en suspenso, parecía doblemente desnudo y semejante a un niño, de carne inacabada y tierna, y de algún modo forcejeando desamparado.
Despertó en la mujer una compasión y un anhelo salvajes, y un deseo físico salvaje y hambriento. El deseo físico no se lo satisfacía; siempre llegaba y terminaba tan rápido, para luego desplomarse sobre su pecho y recuperar un tanto su descaro, mientras ella yacía aturdida, decepcionada, perdida.
Pero pronto aprendió a retenerlo, a mantenerlo allí dentro de ella cuando su crisis había terminado. Y entonces él se mostraba generoso y curiosamente potente; permanecía firme dentro de ella, entregado a ella, mientras ella se mostraba activa… salvaje, apasionadamente activa, camino de su propia crisis. Y al sentir el frenesí de ella alcanzando su propia satisfacción orgásmica gracias a su dura y erecta pasividad, él experimentó una extraña sensación de orgullo y satisfacción.
—¡Ah, qué bien! —susurró con temblor, y se quedó muy quieta, aferrada a él. Y él yacía allí en su propio aislamiento, pero de algún modo orgulloso.
Se quedó aquella vez solo tres días, y con Clifford se portó exactamente igual que la primera tarde; con Connie también. No hubo forma de quebrantar su fachada.
Él le escribió a Connie con el mismo tono de melancolía quejumbrosa de siempre, a veces ingenioso, y con un matiz de afecto extraño y asexuado.