Connie lo oyó todo con una consternación y repulsión cada vez mayores. Era una de esas espantosas medias verdades que envenenan la existencia humana. ¡Qué hombre en su sano juicio le diría semejantes cosas a una mujer!
Pero los hombres no están en su sano juicio. ¿Qué hombre con una chispa de honor pondría esta espantosa carga de responsabilidad vital sobre una mujer, para luego dejarla ahí, en el vacío?
Además, media hora después, Connie oyó a Clifford hablar con la señora Bolton, con voz cálida e impulsiva, revelándose ante la mujer en una especie de pasión sin pasión, como si ella fuera para él medio amante, medio madre nodriza. Y la señora Bolton lo estaba vistiendo cuidadosamente con ropa de etiqueta, pues había invitados de negocios importantes en la casa.
A Connie de verdad le parecía a veces que se iba a morir a esa hora. Sentía que la estaban aplastando hasta la muerte unas mentiras extrañas y la asombrosa crueldad de la idiotez. La extraña eficacia comercial de Clifford en cierto modo la intimidaba, y su declaración de devoción privada la ponía en estado de pánico.
No había nada entre ellos. Hoy en día ni siquiera la tocaba, y ella jamás lo tocaba a él. Ni siquiera le tomaba la mano para sostendrías con afecto.
No, y como estaban tan totalmente desconectados, él la torturaba con su declaración de idolatría. Era la crueldad de la impotencia absoluta. Y ella sentía que la razón le iba a fallar, o que se moriría.
Huyó cuanto pudo hacia el bosque. Una tarde, mientras estaba sentada meditando, viendo el agua brotar con frialdad en el Pozo de John, el guardabosques se le había acercado a grandes zancadas.
“¡Le mandé a hacer una llave, mi señora!”, dijo haciendo un saludo militar, y le ofreció la llave.