sirvientes personales. Pues tenía que sentarse en una silla de ruedas o en una especie de silla de baño. Sin embargo, iba tan cuidadosamente vestido como siempre, por sus sastres caros, y llevaba las cuidadas corbatas de Bond Street exactamente igual que antes, y desde la cintura para arriba parecía igual de elegante e imponente que siempre. Nunca había sido uno de los jóvenes modernos con ademanes de señorita: más bien bucólico incluso, con su rostro sonrosado y sus anchas espaldas. Pero su voz muy callada, vacilante, y sus ojos, al mismo tiempo audaces y asustados, seguros e inseguros, revelaban su naturaleza. Sus modales solían ser ofensivamente altivos, y luego de nuevo modestos y discretos, casi trémulos.
Connie y él estaban apegados el uno al otro, a la manera distante de los tiempos modernos. Él estaba demasiado lastimado en su interior, con el gran impacto de su mutilación, como para mostrarse relajado y frívolo. Era un ser herido. Y como tal, Connie se aferró a él apasionadamente.
Pero no podía evitar sentir cuán poca conexión tenía él realmente con la gente.
Los mineros eran, en cierto modo, sus propios hombres; pero él los veía como objetos más que como hombres, partes del pozo más que partes de la vida, fenómenos toscos y brutos más que seres humanos junto a él.
De algún modo les temía, no soportaba que lo miraran ahora que cojeaba. Y su vida extraña y ruda le parecía tan antinatural como la de los erizos.
Él estaba remotamente interesado; pero como un hombre que mira por un microscopio o a través de un telescopio. No estaba en contacto. No estaba en contacto real con nadie, salvo, por tradición, con Wragby y, a través del estrecho vínculo de la defensa familiar, con Emma.