—Quiero que este bosque sea perfecto... intacto. No quiero que nadie lo pise —dijo Clifford.
Había un cierto patetismo.
El bosque aún conservaba algo del misterio de la antigua e indómita Inglaterra; pero las talas de Sir Geoffrey durante la guerra le habían asestado un golpe.
¡Qué silenciosos estaban los árboles, con sus ramillas innumerables y retorcidas contra el cielo, y sus troncos grises y testarudos surgiendo del helecho marrón!
¡Con qué seguridad revoloteaban los pájaros entre ellos!
Y una vez hubo ciervos, y arqueros, y monjes que avanzaban silenciosos a lomos de burros. El lugar recordaba, aún recordaba.
Clifford estaba sentado bajo el pálido sol, con la luz iluminando su cabello lacio y más bien rubio, con su