«Y los hombres como tú —dijo—, deberían estar segregados: justificando su propia vulgaridad y su egoísta lascivia».
—¡Ay, señora! Es una gracia que queden algunos hombres como yo. Pero usted se merece lo que le pasa: que la dejen completamente sola.
Hilda se había levantado y se había ido a la puerta.
Él se levantó y cogió su abrigo de la percha.
—Puedo encontrar el camino muy bien sola —dijo ella.
—Dudo que no puedas —respondió con ligereza.
Volvieron a marchar en ridícula fila por el sendero, en silencio. Un búho seguía ululando. Sabía que debía dispararle.
El coche seguía intacto, con un poco de rocío. Hilda subió y arrancó el motor. Los otros dos esperaron.
—Todo lo que quiero decir —dijo desde su trinchera— es que dudo que les vaya a valer la pena, ¡a ninguno de los dos!
—Para el uno es manjar y para el otro veneno —dijo desde la oscuridad—. Pero a mí me da de comer y de beber.
Las luces se apagaron de golpe.
“No me hagas esperar por la mañana, Connie”.
“No, no lo haré. ¡Buenas noches!”
El coche ascendió lentamente hacia la carretera y luego se alejó deslizándose velozmente, dejando la noche en silencio.