“¡Sí!”
“Ay, pues entonces yo también me quitaré las cosas”.
Tendió las frazada, poniendo una a un lado a modo de cobertor. Ella se quitó el sombrero y sacudió el cabello. Él se sentó, quitándose los zapatos y las polainas, y desabrochándose los calzones de pana.
—¡Acuéstate entonces! —dijo cuando se quedó en camisa. Ella obedeció en silencio, y él se acostó a su lado y tiró de la manta para cubrir a ambos.
«¡Ya está!», dijo.
Y le levantó el vestido hacia arriba, hasta llegar incluso a sus senos. Los besó suavemente, tomando los pezones entre sus labios con diminutas caricias.
—¡Eh, pero qué bonita eres, qué bonita eres! —dijo, frotándose de repente la cara con un movimiento de acurrucamiento contra su cálida barriga.
Y ella le pasó los brazos por debajo de la camisa, pero tenía miedo, miedo de su cuerpo delgado, liso y desnudo, que parecía tan poderoso, miedo de los músculos violentos. Se encogió, atemorizada.
Y cuando él dijo, con una especie de pequeño suspiro: «¡Vaya, que eres maja!», algo tembló en ella, y algo en su espíritu se encrespó en resistencia: se encrespó ante la terrible intimidad física y ante la prisa peculiar de su posesión. Y esta vez el agudo éxtasis de su propia pasión no la abrumó; ella yacía con las manos inertes sobre el cuerpo forcejeante de él, y por más que lo intentaba, su espíritu parecía contemplarlo desde la coronilla, y las embestidas de sus caderas le parecían ridículas, y una farsa la especie de ansiedad de su miembro por llegar a su pequeña crisis evacuatoria.