Este era el lugar de vacaciones por excelencia. El Lido, con sus acres de cuerpos bronceados por el sol o en pijama, parecía una playa con un montón interminable de focas salidas a aparearse. Demasiada gente en la plaza, demasiadas extremidades y troncos de la humanidad en el Lido, demasiadas góndolas, demasiadas lanchas a motor, demasiados vapores, demasiadas palomas, demasiados helados, demasiados cócteles, demasiados criados esperando propina, demasiados idiomas parloteando, demasiado, demasiado sol, demasiado olor a Venecia, demasiados cargamentos de fresas, demasiados chales de seda, demasiadas rodajas de sandía gigantes y rojas como carne cruda en los puestos: demasiado disfrute, en conjunto, ¡demasiado disfrute!
Connie y Hilda andaban por ahí con sus vestidos veraniegos. Había docenas de personas a las que conocían, docenas de personas que las conocían. Michaelis apareció como mala hierba.
«¡Hola! ¿Dónde os alojáis? ¡Venid a tomar un helado o algo! Venid conmigo a alguna parte en mi góndola».
Incluso Michaelis estaba casi quemado por el sol, aunque «asado al sol» sea una expresión más apropiada para el aspecto de la masa de carne humana.
Era agradable en cierto modo. Era casi un disfrute.
Pero de todos modos, con todos los cócteles, todo el tiempo tumbada en agua templada y tomando el sol en la arena caliente bajo el sol abrasador, bailando jazz con el vientre pegado a algún tipo en las noches cálidas, refrescándose con helados, era un narcótico completo.
Y eso era lo que todos querían, una droga: * el agua lenta, una droga; * el sol, una droga; * el jazz, una droga; * cigarrillos, cócteles, helados, vermú.
¡Estar drogado! ¡Disfrute! ¡Disfrute!