“Si para ti vale la pena —dijo—, yo no tengo nada”.
—Tienes más que la mayoría de los hombres. Vamos, lo sabes —dijo ella.
“De algún modo, lo sé”. Guardó silencio un momento, pensando. Luego continuó:
“Solían decir que tenía demasiado de mujer. Pero no es eso. No soy una mujer porque no quiera disparar a los pájaros, ni porque no quiera ganar dinero, o salir adelante. Podría haber salido adelante en el ejército, fácilmente, pero no me gustaba el ejército. Aunque sabía arreglármelas muy bien con los hombres: me querían y me tenían un poco de miedo reverencial cuando me enfadaba. No, era la autoridad superior, estúpida y de mano muerta, lo que mataba al ejército: lo dejaba completamente muerto y estúpido. Me gustan los hombres, y a los hombres les gusto yo. Pero no soporto la insolencia charlatana y mandona de la gente que dirige este mundo. Por eso no puedo salir adelante. Odio la insolencia del dinero, y odio la insolencia de la clase. Así que, en el mundo tal como es, ¿qué puedo ofrecerle a una mujer?”.
—¿Pero por qué ofrecer algo? No es un trato. Es solo que nos amamos el uno al otro —dijo ella.
—¡No, no! Es más que eso. Vivir es moverse y seguir adelante. Mi vida no va a irse por los cauces debidos, simplemente no lo hará. Así que, por mí mismo, soy un poco como un billete marchito. Y no tengo derecho a meter a una mujer en mi vida, a menos que mi vida haga algo y llegue a alguna parte, interiormente al menos, para mantenernos frescos a los dos. > Un hombre debe ofrecerle a una mujer cierto sentido en su vida, si ha de ser una vida aislada, y si ella es una mujer de