Miró a los hombres en los puestos. Grandes muslos pastosos de morcilla negra, o delgadas varas de madera de luto funerario, o piernas de jóvenes bien formadas pero sin ningún significado en absoluto, ya fuera sensualidad, ternura o sensibilidad, mera y corriente cursilería de piernas que daban saltitos. Ni siquiera con la sensualidad de su padre. Todos estaban acobardados, acobardados hasta dejar de existir.
Pero las mujeres no se desanimaban. ¡Los terribles postes de molino de la mayoría de las hembras! ¡Verdaderamente espantosos, verdaderamente suficientes para justificar un asesinato! ¡O las pobres clavijas delgadas! ¡O las cosas pulcras y aseadas en medias de seda, sin el menor rastro de vida! ¡Espantosos, los millones de piernas sin sentido que retozan sin sentido por ahí!
Pero no era feliz en Londres. La gente le parecía tan fantasmal y vacía. No tenían una felicidad viva, por muy activos y bien parecidos que fueran. Todo era estéril. Y Connie tenía el anhelo ciego, propio de una mujer, de ser feliz, de tener la certeza de la felicidad.
En París, al menos, sentía todavía un poco de sensualidad. Pero ¡qué sensualidad tan cansadiza, tan fatigada, tan marchita! Marchita por falta de ternura. ¡Oh! París era triste. Una de las ciudades más tristes: cansada de su sensualidad hoy mecánica, cansada de la tensión del dinero, dinero, dinero, cansada incluso del resentimiento y la presunción, ¡simplemente cansada a más no poder, y aún no lo bastante americanizada o londinizada como para ocultar el cansancio bajo un soniquete mecánico, traca, traca, traca! ¡Ah, estos hombres tan varoniles, estos flâneurs, los mironcillos, estos comensales de buenos banquetes! ¡Qué cansados estaban! Cansados, marchitos por falta de un poco de ternura, dada y recibida. Las