Connie sabía que él tenía razón, de verdad. Aun así, aquello la hacía sentirse tan desolada, tan desolada y perdida.
Como una astilla en un estanque sombrío, se sentía.
¿Qué sentido tenía ella, o cualquier otra cosa?
Era su juventud la que se rebelaba. Estos hombres parecían tan viejos y fríos. Todo parecía viejo y frío. Y Michaelis la decepcionaba tanto; no servía para nada. Los hombres no la querían a una; simplemente no querían de verdad a una mujer, ni siquiera Michaelis.
Y los canallas que fingían que sí, y empezaban a meterse en el negocio del sexo, eran peores que nunca.
Era sencillamente desalentador, y uno tenía que aguantarlo. Era muy verdad, los hombres no tenían un encanto real para una mujer: si podías engañarte a ti misma pensando que lo tenían, tal como ella se había engañado con Michaelis, eso era lo mejor que podías hacer.
Mientras tanto, simplemente seguías viviendo y no había nada en ello. Comprendía perfectamente por qué la gente daba cócteles, y bailaba jazz, y bailaba el Charleston hasta caer rendida. Tenías que desahogarte de algún modo, de tu juventud, o te consumía.
¡Pero qué cosa tan espantosa, esta juventud! te sentías tan vieja como Matusalén, y sin embargo aquello bullía de algún modo, y no te dejaba estar cómoda. ¡Una clase de vida mezquina! ¡Y sin perspectivas! Casi deseaba haberse marchado con Mick, y haber hecho de su vida un largo cóctel y una velada de jazz. De cualquier modo, eso era mejor que irte aburriendo hasta la tumba.
En uno de sus malos días salió sola a pasear por el bosque, pesadamente, sin prestar atención a nada, ni siquiera fijándose en dónde estaba.
El disparo de un arma no muy lejos la sobresaltó y la enfureció.