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nydus/Lady Chatterley’s LoverPublic
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Sin embargo, era primavera, y los jacintos silvestres salían en el bosque, y las yemas de las hojas en los avellanos se abrían como la salpicadura de una lluvia verde.

¡Qué terrible era que fuese primavera y todo fuera desalmado, desalmado!

¡Solo las gallinas, ahuecadas tan maravillosamente sobre los huevos, estaban calientes con sus cuerpos cálidos y cluecos de hembra! Connie se sentía viviendo al borde del desmayo todo el tiempo.

Luego, un día, un día hermoso y soleado con grandes matas de primulas bajo los avellanos y muchas violetas salpicando los senderos, llegó por la tarde a los gallineros y allí había un polluelo diminuto, diminuto y vivaracho, que daba saltitos diminutos frente a un gallinero, mientras la gallina clueca cacareaba aterrorizada.

El polluelo, delgado y pequeño, era de color pardo grisáceo con marcas oscuras, y en ese momento era la chispa de criatura más vivaz de los siete reinos. Connie se agachó para observar en una especie de éxtasis.

  • ¡Vida, vida!
  • ¡Nueva vida pura, chispeante y sin miedo!
  • ¡Nueva vida!

¡Tan diminuto y tan totalmente desprovisto de miedo! Incluso cuando huyó con torpeza hacia el interior del gallinero y desapareció bajo las plumas de la gallina en respuesta a los salvajes gritos de alarma de la madre, no estaba realmente asustado; se lo tomaba como un juego, el juego de la vida. Pues al instante una cabecita afilada asomaba de entre las plumas doradas y pardas de la gallina, contemplando el Cosmos.

Connie estaba fascinada. Y al mismo tiempo, jamás había sentido con tanta agudeza la agonía de su propio desamparo femenino. Se estaba volviendo insoportable.

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