de ella. Luego se quedó allí, de pie sobre ella, abrochándose los calzones y mirándola hacia abajo con ojos oscuros y muy abiertos, el rostro un poco sonrojado y el cabello revuelto, extrañamente cálido, quieto y hermoso a la luz tenue del farol, tan hermoso, que ella jamás le diría cuán hermoso era. Eso le daba ganas de aferrarse a él con fuerza, de abrazarlo, pues había en su belleza una lejanía cálida y somnolienta que le hacía desear gritar y aferrarse a él, poseerlo. Nunca lo poseería. Así que ella yacía sobre la manta con las ancas desnudas, suaves y arqueadas, y él no tenía idea de lo que ella estaba pensando, pero para él también ella era hermosa, la cosa suave y maravillosa en la que podía adentrarse, más allá de todo.
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XII
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