distinto. No podía hacer nada. Ya no podía endurecerse ni aferrarse a él para su propia satisfacción. Solo podía esperar, esperar y gemir en espíritu mientras lo sentía retirarse, retirarse y contraerse, llegando al terrible momento en que se escurriría fuera de ella y desaparecería. Mientras todo su vientre estaba abierto y blando, y clamando suavemente, como una anémona de mar bajo la marea, clamando para que él volviera a entrar y la colmara.
Ella se aferró a él, inconsciente en la pasión, y él nunca se desprendió del todo de ella, y ella sintió el blando capullo de él agitándose en su interior, y extraños ritmos ruborizándose en ella con un extraño movimiento de crecimiento rítmico, hinchándose e hinchándose hasta llenar toda su conciencia hendida, y entonces comenzó de nuevo el inefable movimiento que en realidad no era movimiento, sino puros remolinos cada vez más profundos de sensación girando más y más hondo a través de todo su tejido y su conciencia, hasta que ella fue un fluido perfecto y concéntrico de sentimiento, y se quedó allí tendida gritando con gritos inconscientes e inarticulados.
¡La voz salida de la noche más profunda, la vida!
El hombre la oyó bajo sí con una especie de asombro, mientras su vida brotaba dentro de ella.
Y al cesar este, él cesó también y se quedó completamente quieto, sin saber nada, mientras el apretón de ella sobre él se relajaba lentamente, y ella yacía inerte. Y yacían sin saber nada, ni siquiera el uno del otro, ambos perdidos.
Hasta que por fin empezó a despabilarse y a ser consciente de su desnudez indefensa, y ella advirtió que el cuerpo de él iba aflojando su abrazo sobre ella.