Y Connie se puso el disfraz, luego el largo abrigo de automovilista, y se sentó, convertida en una criatura desorbitada, inhumana, irreconocible. Hilda puso en marcha el coche con un movimiento eficiente. Salieron con esfuerzo del camino estrecho y se alejaron por la carretera. Connie había mirado a su alrededor, pero no había rastro de él. ¡Lejos! ¡Lejos! Se quedó sentada entre amargas lágrimas. La despedida había llegado de forma muy repentina, muy inesperada. Era como la muerte.
—¡Menos mal que vas a estar un tiempo lejos de él! —dijo Hilda, desviándose para evitar el pueblo de Crosshill.