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nydus/Lady Chatterley’s LoverPublic
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Estirándose con el bostezo curioso del deseo, pues había estado solo y apartado de hombre o mujer durante cuatro años, se levantó y tomó de nuevo su abrigo y su escopeta, bajó la lámpara y salió a la noche estrellada, junto con el perro.

Impulsado por el deseo y por el pavor a la Cosa malévola de fuera, hizo su ronda por el bosque, lenta, suavemente. Amaba la oscuridad y se plegó en ella. Se ajustaba a la tumescencia de su deseo que, a pesar de todo, era como una riqueza; ¡la inquietud palpitante de su pene, el fuego palpitante de sus ijares!

¡Oh, si tan solo hubiera otros hombres con quienes estar, con quienes combatir esa centelleante Cosa eléctrica de ahí afuera, para preservar la ternura de la vida, la ternura de las mujeres y las riquezas naturales del deseo! ¡Si tan solo hubiera hombres con quienes luchar codo a codo!

Pero los hombres estaban todos ahí afuera, regodeándose en la Cosa, triunfando o siendo pisoteados en la vorágine de la codicia mecanizada o del mecanismo codicioso.

Constance, por su parte, había cruzado el parque a toda prisa, dirigiéndose a casa, casi sin pensar. Todavía no tenía ningún remordimiento. Llegaría a tiempo para cenar.

Sin embargo, le molestó encontrar las puertas cerradas con seguro, de modo que tuvo que llamar.

La señora Bolton abrió.

—¡Pues ahí está usted, señoría! ¡Empezaba a preguntarme si se habría perdido! —dijo con un dejo de picardía.

—Pero sir Clifford no ha preguntado por usted; tiene al señor Linley con él, hablando de algo. Parece como si fuera a quedarse a cenar, ¿verdad, mi señora?

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