Y parecía verdaderamente haber renacido. ¡Ahora la vida entraba en él! Había estado muriendo poco a poco, con Connie, en la aislada vida privada del artista y del ser consciente.
Ahora que se fuera todo eso. Que durmiera. Sencillamente sintió que la vida se precipitaba en él desde el carbón, desde el pozo. El aire mismo, viciado, de la mina de carbón era mejor que el oxígeno para él. Le daba una sensación de poder, de poder.
Estaba haciendo algo: e iba a hacer algo. Iba a vencer, a vencer: no como había vencido con sus cuentos, pura publicidad, en medio de un agotamiento total de energía y malicia. Sino la victoria de un hombre.
Al principio pensó que la solución residía en la electricidad: convertir el carbón en energía eléctrica. Luego se le ocurrió una nueva idea. Los inventores alemanes crearon una nueva locomotora con un alimentador automático, que no necesitaba fogonero. Y debía alimentarse con un nuevo combustible, que ardía